ABUELO ADOLFO, HA’EVETE
En estos tiempos en que las guerras amenazan a la humanidad. En los que ninguna persona se encuentra exenta de sufrir las calamidades de la violencia, ya sea esta física o verbal, provocándose la fragmentación social y el individualismo como estrategias opresivas de unos contra otros, afectándonos a todos y todas.
En nuestro caso, bregando como comunidad educativa que promueve valores humanos y capacidades que ayuden a contrarrestar la crueldad que gobierna a gran parte del mundo. Sabiendo que nuestra mayor fortaleza es la unidad en este propósito y en el afán de cultivar en las y los estudiantes la aptitud personal y colectiva superadora para lograrlo.
Conscientes como institución educativa de nuestra responsabilidad en la formación de jóvenes líderes que se presenten ante la sociedad como agentes de transformación social comunitaria, honrando su identidad y los derechos que les asisten.
Por estas y tantas otras motivaciones que nos reúnen, nació la propuesta de una nueva muestra de nuestro compromiso reconociendo y agradeciendo a una personalidad que impulsó la creación de este instituto y nos acompaña permanentemente en cada iniciativa que tomamos.
Anunciamos en este nuevo aniversario que el premio Nobel de la Paz 1980, arquitecto Adolfo Pérez Esquivel (94), una de los máximos defensores de los derechos humanos de nuestro país y el mundo, obrero de La Paz en donde quiera que lo convoque una justa causa popular, nos honra con la aceptación de ser el padrino del Instituto Superior indígena Raúl Karai Correa, un título honorífico que simboliza nuestra gratitud y la convicción de ser también nosotros servidores de la paz y la justicia emulando su ejemplo.
Resulta plausible, también, el hecho de que Puerto Iguazú, sus ríos y las cataratas representan momentos inolvidables en la primera juventud de Adolfo. Quien, en aquellos históricos vaporcitos, remontaba las aguas del Paraná para visitar a su abuela mbya guaraní, doña Eugenia Esquivel, cuyos restos descansan en nuestra ciudad, protagonizando intrépidas incursiones en la selva y no pocas travesuras junto a su tío Ángel Esquivel, por entonces «capataz de los parques nacionales», momentos siempre presentes en el recuerdo emocionado del premio Nobel argentino.
Al Abuelo Adolfo, che ramoi jurua, nada más le pedimos que acepte ser nuestro padrino honorario. Qué otra cosa podríamos pedirle que tenga tanto valor afectivo y movilizador del espíritu colectivo de esta institución. Una comunidad educativa integrada por seres humanos sensibles y comprometidos, humanistas y convencidos de la construcción de un mundo próximo donde seamos todas y todos, sin excluidos, protagonistas activos de un nuevo y luminoso amanecer.




